Tres razones básicas por las que la Alemania de Hitler no ganó la Guerra en el mar

Por José Enrique Vázquez

En Europa, y también en mayor o menor medida en
el resto del mundo, el día 1 de Septiembre de 1.939 es una fecha aciaga, ya que
marca el inicio de una de las mayores conflagraciones que ha sufrido la
humanidad: la Segunda Guerra Mundial.

            Aunque su origen se remonta muchos
años atrás, la guerra que se llevó la vida de millones de personas tuvo un
inicial protagonista: Adolf Hitler y la Alemania nazi. Con la invasión de
Polonia, Hitler comienza un plan que pretende adueñarse de casi toda Europa
incluyendo Rusia e Inglaterra, su enemigo principal. El ejército alemán está
preparado para pasar a la acción, y en tierra posee una gran capacidad
ofensiva. Sin embargo, la maquinaria militar germana tiene a su vez grandes
carencias. Una de ellas es su ejército del aire, y la mayor de todas, su
armada.

            En efecto, la potencia militar
europea en el mar era Inglaterra, la cual poseía una gran cantidad de
efectivos, tanto destructores como cruceros y otros barcos de guerra con los
que Alemania en modo alguno podía competir. Además, tampoco tenía tiempo para
fabricar grandes buques – salvedad hecha y única del Bismarck, claro, que tuvo
un trágico destino -, con lo cual, la tarea de sojuzgar a los ingleses por mar
era muy difícil.

            En la mente de Hitler estaba
entonces la denominada “Operación Lobo Marino”, consistente en un despliegue
militar destinado a realizar con éxito un desembarco en las islas británicas,
pero antes de eso era indispensable la derrota por mar del enemigo.

            Cuando Hitler tuvo claro lo
anterior, encargó al Almirante Döenitz que preparara el arma submarina para
infligir todo el daño posible a la armada británica. Este encargo se realizó
meses antes de Septiembre de 1.939, y en sus memorias, Döenitz confiesa que por
entonces, tenía que competir con otros mandos de marina que mantenían la idea
de destinar el hierro y acero que había disponible en armar grandes buques, en
lugar de dar protagonismo a los submarinos.

            Ante esta tesitura, el Almirante
hizo unos cálculos bastante certeros que trasladó a Hitler, y fueron los
siguientes: en primer lugar, la construcción de gran cantidad de submarinos
debía ser prioridad del estado, destinándose más hombres y más tecnología
destinada a esta labor. En segundo lugar, esto requería abandonar la idea de
construir grandes barcos porque nunca iban a poder competir en este aspecto con
Inglaterra, y ello para dedicar todo el metal disponible a la construcción de
sumergibles. En tercero, la cadena de montaje de submarinos debía funcionar a
toda velocidad para conseguir una cantidad mínima que Döenitz consideraba
indispensable para cortar los suministros que llegaban a Inglaterra por mar, y
esta cantidad mínima era la de 300 submarinos, de los cuales, 100 estarían
operando en la zona destinada a patrulla, otros 100 estarían de regreso a la
base, y los 100 restantes estaban pendientes de reparación para volver a la
mar.

            Cuando la guerra empezó, la cantidad
de submarinos operativos estaba muy lejos de la solicitada por Döenitz. Pese a
ello, durante los primeros meses de la guerra y hasta casi el año 1.941, los
escasos U-Boote alemanes pudieron hundir bastantes barcos enemigos, aunque
remitiéndonos de nuevo a las memorias del Almirante, esos hundimientos no
impedían la llegada de más barcos a las islas británicas, con lo cual, el
objetivo era ya un fracaso casi desde el principio.

            Sin embargo, los primeros éxitos de
los sumergibles germanos hicieron un efecto no deseado en el enemigo, que
encontró una razón para concentrar los esfuerzos en superar la molesta amenaza
de los submarinistas. Así, los ingleses – el propio Churchill en varias
ocasiones – alentaron la idea de que el peligro submarino era mucho mayor de lo
que en realidad representaba, con la finalidad de conseguir que sus aliados
norteamericanos les cedieran más barcos y más tecnología para combatirlos; y la
estrategia tuvo un éxito pleno.

            Estados Unidos, pese a que al inicio
de la guerra se declaró neutral, en la práctica enviaba de forma bastante
descarada suministros, armas y materiales a Inglaterra, incluyendo los metales
y víveres necesarios para la resistencia de sus aliados ingleses. Con la
amenaza de los submarinos alemanes y la maximización de sus hundimientos, la
alarma cundió entre los norteamericanos, y eso inclinó la balanza –
afortunadamente, hay que decir – a favor de los aliados. El presidente Roosvelt
se comprometió a aumentar la ayuda a Inglaterra para evitar que perdieran la
guerra.

            Así las cosas, ya podemos anticipar
con mayor claridad cuáles fueron las razones principales por las que los
submarinos alemanes no pudieron ganar la guerra en el mar. En este punto, hay
que recalcar el hecho de que este artículo no pretende realizar un análisis de
las causas profundas que motivaron el inicio ni el posterior discurrir de la
guerra, pero nos va a permitir tener una idea mucho más clara de lo ocurrido,
de modo que las causas que podemos establecer son las siguientes:

            1.- El Almirante Döenitz nunca tuvo
los submarinos suficientes que solicitó para cortar los suministros a
Inglaterra.

            Esta afirmación está basada en datos
objetivos, y consta en varios estudios. El propio Döenitz lo reconoce en sus
memorias.

            2.- Alemania basó su estrategia en
construir más submarinos, pero del tipo más rápido de poner en servicio.

            En efecto, ya en plena guerra
mundial, llega un momento en el cual Hitler levanta su veto a la construcción
masiva de submarinos – tarde ya, claro -, y en ese momento se prefiere fabricar
submarinos ligeros, más fáciles de ensamblar.

            Este hecho es otro fallo más. Los
submarinos pequeños eran más manejables, pero tenían poca autonomía y muchas
limitaciones, entre las cuales se encontraba su incapacidad para afrontar un
ataque aéreo enemigo. Ante esto, Döenitz, como mal menor, instaba a sus
capitanes a entrenar a la tripulación para sumergirse lo antes posible para
escapar al ataque. Sin embargo, esta estrategia no evitó que muchos U-boote
fuesen hundidos en pocos minutos por aviones de la R.A.F., la aviación inglesa.

            3.- La tecnología de los submarinos
quedó obsoleta en pocos meses, y no fue capaz de adaptarse a los nuevos
avances.

            Al inicio de la contienda, los
sumergibles tenían muchos problemas con los torpedos. Muchos no explotaban, y
otros se desviaban de su objetivo. Este problema perduró en el tiempo, con lo
cual, el esfuerzo que representaba llevar un U-boote a altar mar, muchas veces
quedaba vano, ya que cuando encontraban un convoy, de los torpedos que
llevaban, la mayoría no eran realmente operativos. Cuando los alemanes
solucionaron técnicamente esta dificultad, ya era tarde.

            Por el contrario, los aliados,
conforme avanzaba la guerra, perfeccionaban cada vez más las medidas contra los
submarinos de Hitler. El sonar y el radar los hacía cada vez más vulnerables.
Además, se construyeron aviones con mayor alcance para darles caza incluso en
mitad del océano, con lo cual, a finales de la guerra apenas podían navegar en
superficie, ya que eran rápidamente detectados y hundidos. Perfeccionaron la
técnica del viaje en convoy, con lo cual, se lo pusieron muy difícil a los
submarinos alemanes.

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